F

La navidad, es el frío.

E

No soy nada más que un globo. Viniste, si, tú, y me inflaste. Jugaste conmigo, me lanzaste por los aires y me agarraste bien fuerte con tus manos.

No soy nada más que un globo. Te fuiste, si, tú, y me pinchaste. Ya no jugaste más conmigo, lanzaste por los aires a otros globos a los que agarraste bien fuerte con tus manos

No soy nada más que un globo. No volviste, si, tú, y me dejaste. Ya no jugaste más conmigo, lanzaste mis trozos por los aires a los que soplaste bien fuerte con tus pulmones.

No soy nada más que un globo. Y tú solo eres aire.

D

Cuando sólo quiero dormir

y olvidar que yo existo
tú existes
él existe
nosotros existimos
vosotros existís
ellos existen
ya no puedo dormir.

C

Pasamos la vida echándonos de menos, 

que la vida ya nos echa de más.
Nos decimos siempre hasta pronto
sin ni siquiera habernos dicho hola que tal.

Me leo y parezco Ismael Serrano,

incluso sueno al puto Ivan Ferreiro.
Quizá ahora entiendas
lo lejos que debo ir por no hablar.

B

Nana para no poder dormir

Si quieres que te odie,
te odiaré.
Si quieres que te olvide,
yo te olvidaré.
Pero si quieres que te deje
de querer.
No se si podré,
no se si podré.

A

Había imaginado la casa más grande y bella de todo el reino. Con su jardín, repleto de rosas rojas, que a la entrada lucía una gran fuente de granito blanco en la que los rayos del sol se bañarían a su paso, pero olvidó, como siempre hace, que comenzó a construir la casa por el tejado.

Puso todo su empeño y corazón en esa casa. Día a día, gota tras gota de sudor y ladrillo tras ladrillo, los colocaba, todos y cada uno de ellos, con mimo uno debajo del otro, como el que acaricia la gloria sabedor de no tenerla, porque en lo más profundo sabía que al final del día estos caerían al suelo por su propio peso, olvidando, como siempre intenta, que comenzó a construir la casa por el tejado.

En esa casa soñaba pasar el resto de su vida, no le importaba cuanto tardara en construirla, no le importaba cuantas veces se derribara, no le importaba pasar frío esperando a su vera, estaba tan seguro de que ese era su hogar que olvidaba, y cómo no hacerlo, que comenzó a construir la casa por el tejado.

Hasta que llegó el día, porque ese día llega, en el que no le quedaron más fuerzas, el día en el que no pudo reprimir las lágrimas al ver como los ladrillos no resistían su propio peso y caían haciéndose añicos, tan añicos como su única ilusión, una ilusión que moría al ver como las rosas rojas se marchitaban y la gran fuente de granito blanco en la que los rayos de sol se bañarían a su paso se convertía en una tormenta de arena de la que no podía escapar. Ese día, no podía ser otro, comenzó por primera vez a construir la casa por los cimientos, con su sangre grabada en el suelo como recuerdo del hogar que nunca tuvo.

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